Los divorcios son peligrosos. Desde el estreno de “Escenas de la vida conyugal”, obra maestra de Ingmar Bergman, muchos saben que las rupturas no implican necesariamente el final de una historia. Lo sabe ahora Martín Insaurralde, cuya detención pidió un fiscal tras la difusión de un video filmado por su ex mujer.

Vivimos en un mundo en el que las novedades irrumpen a una velocidad superior a nuestra capacidad para procesarlas. Algo de ese orden parecía afectar al ex jefe de Gabinete de Axel Kicillof en relación a los dólares. Su acumulación en un espacio concebido para conservar camisas, pantalones, remeras, medias y zapatos sugiere que su circulación superaba la capacidad de encontrarles, en el corto plazo, un destino más propicio. El vestidor filmado por Jesica Cirio, quien merodeaba por ese ese entonces la planificación de un divorcio, sugiere que se trataba de un depósito ocasional, probablemente elegido por el abundante ingreso de billetes. No había restricción externa en esa casa de un country en San Vicente. Insaurralde sería el paciente cero de la versión argentina de la hoy tan comentada “enfermedad holandesa”.

De la aparente provisoriedad del destino de los dólares vestimentarios, derivan la sensación de que el video es en realidad una foto de bienes en movimiento y la idea de que el volumen total de lo que caía en manos de su beneficiario final se condensa en una cifra que multiplica varias veces lo que reflejan las imágenes. De ellas, y de un cálculo aritmético del contenido de cada fajo relacionado con los centímetros de profundidad de los distintos estantes y cajas, se deduce que el vestidor albergaría unos diez millones de dólares al momento de la filmación. Un número similar al de los bolsos conventuales del tucumano José López, atrapado en acción por otra cámara, en una unánime noche del desigual oeste bonaerense.

La filtración que mostró la intimidad del hogar conyugal de Insaurralde (cuyo arquitecto –casualidades de las elecciones estéticas– fue el mismo que construyó la casa en la que vivía José López en sus años monásticos) mostró una faceta que podría inferirse por lo que estaba expuesto a cielo abierto en Lomas de Zamora. Un breve “city tour” permite constatar una fisonomía marcada por grandes torres que requirieron excepciones concedidas por el consejo deliberante de la ciudad de la que Insaurralde fue intendente entre 2009 y 2021. “Apto inocencia fiscal” anuncian indisimulados carteles en terrenos donde germinan nuevos edificios. Aptitudes convenientes para los tiempos que corren.

Proporciones y daños colaterales

El calvario que vivió Manuel Adorni desde principios de marzo parece, a priori, desproporcionado si lo relacionamos con las plasticidades del otrora pasajero del yate “Bandido”, set de filmación de la versión mediterránea de “Sexo, mentiras y video”.

El hoy célebre vestidor de San Vicente, que parece un depósito dinámico de una gran industria, pertenece a una categoría matemática distinta a la correspondiente a la suma de arreglos de una casa en un country, la compra de un departamento en un barrio porteño de clase media o confortables incursiones turísticas, provenientes eventualmente de un afán recaudatorio propio de una pyme. Si formaran parte de categorías de la Afip, ante una adhesión al régimen de inocencia fiscal del Gobierno, uno pasaría de megaevasor a Gran contribuyente candidato a los beneficios del Rigi y el otro –si no contabilizamos los hipotéticos frutos de habilidades para la compra de bitcoins– no superaría por mucho el mínimo imponible de bienes personales.

Los pesares de Adorni tuvieron también un origen conyugal porque fue la imagen de su esposa en Nueva York, difundida por un sitio digital de un pequeño medio de la comunidad judía, la que disparó la curiosidad periodística que se topó con el dato de que había viajado en el avión presidencial. Esta nimia similitud no equipara las vicisitudes de los dos jefes de Gabinete. Las diferencias en las proporciones entre un caso y otro son válidas para mensurar la magnitud del daño directo al erario público pero no el indirecto. En un caso se trata de un jefe de Gabinete que cesó en sus funciones horas después de la publicidad del escándalo náutico que lo tenía como protagonista junto a una modelo que definía su oficio como “acompañante de viajes”. Adorni, por el contrario, siguió en su cargo durante más de tres meses y medio, protagonizando una crónica de un final anunciado (y dilatado).

La admisión del jefe de Gabinete nacional del ocultamiento de bienes a la propia administración de la que era una de las máximas autoridades generó un mayúsculo daño reputacional a una gestión cuya clave de bóveda –el superávit fiscal– se cifra en el aporte impositivo que hacen millones de ciudadanos. ¿Qué sintieron esos contribuyentes cuando el jefe de Gabinete dijo que “ahorraba en negro como todos los argentinos” mientras ellos transferían una parte significativa de sus ingresos para pagar, entre otras cosas, los sueldos de funcionarios como Adorni?

El Gobierno se extravió en un laberinto artificioso, urdido con temores conspirativos y costosos caprichos. En la arquitectura institucional argentina ninguna salida ha sido tan pensada como la de los jefes de Gabinete. De hecho, para ningún otro funcionario están previstas tantas maneras en las que pueden cesar sus funciones. A la renuncia –y a las causales por incapacidad, fallecimiento o conclusión del mandato presidencial–, se suman el juicio político y el voto de censura del Congreso derivado de una interpelación que el oficialismo intentó neutralizar, generando fuertes cimbronazos en los espacios aliados. Uno de los mayores símbolos morales de la política argentina, el resiliente Esteban Bullrich, renunció este jueves a su partido por plegarse a la estratagema oficialista de protección a Adorni.

A las alternativas reseñadas se agrega la remoción, opción que el Presidente eludió durante interminables 110 días. Ayer llegó de España, del viejo mundo para atender los problemas del mundo adolescente. Después del inverosímil relato sobre alquimia digital (“criptonita” para la credibilidad gubernamental), la más reciente revelación sobre los movimientos del jefe de Gabinete fue la compra de un monitor y dos proyectores para videojuegos con tarjetas de crédito de sus subalternos. ¡Cargaban a Máximo por su afición a la Play!

El tamaño de mi esperanza

A Borges no le agradaría demasiado que se recordara el aniversario de El tamaño de mi esperanza, libro de ensayos que publicó hace exactamente cien años y que decidió eliminar de sus Obras completas. Consideraba arbitraria, además, la importancia que atribuimos a los aniversarios dictados por el sistema decimal.

El título, no obstante, sirve de excusa para reflexionar sobre la magnitud y la consistencia de las expectativas que tenemos por delante los argentinos. Este martes, en un debate en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, hubo un contrapunto, entre los economistas Ricardo Arriazu y Martín Rapetti, que resume las posiciones predominantes en torno al tema.

El economista tucumano afirmó que nunca vio una oportunidad como la que tenemos por delante. Arriazu sostuvo que la demanda mundial de energía, minerales críticos y alimentos coloca a la Argentina en una posición excepcional y afirmó que estamos entrando en una etapa de abundancia de dólares, aunque paradójicamente esto no implique aumento de empleo. Cree que la clave para aprovechar la posibilidad histórica es eliminar el costo argentino –inflación, déficit, inseguridad jurídica, trabas regulatorias que ahuyentan inversiones–. “La Argentina es el país de las oportunidades desperdiciadas y podemos perder esta si volvemos al péndulo”, concluyó.

Rapetti, aunque destacó las perspectivas de la actual coyuntura, relativizó su magnitud y sus efectos. “No veo la ‘enfermedad holandesa’ por abundancia de dólares”, dijo y puntualizó que, aun con escenarios muy optimistas, las exportaciones adicionales representarían unos US$ 50.000 millones, equivalentes a mil dólares por habitante por año, muy por debajo de los niveles per cápita observados, por ejemplo, en un país como Chile (U$3.000 anuales). El director de la consultora Equilibra subrayó los costos de una transición de modelos que generará un alto desempleo en el sector industrial y una precarización laboral, con sectores ganadores que absorberán porcentualmente poco de la mano de obra desplazada. La clave de la viabilidad social del proceso, a su juicio, es una política pública que atienda lo que el mercado por sí solo no resolverá.

Divorcio y reconciliación

En noviembre de 2023, Julio Velarde, presidente del Banco Central de Perú, estuvo en Tucumán, en la cena de fin de año de Federalismo y Libertad. Todos lo observaron como el exponente exótico de un divorcio exitoso. Uno de los países con la macroeconomía más estable del continente convivía, y sigue haciéndolo, con los mayores niveles de inestabilidad política.

En la Argentina crece el interrogante sobre la viabilidad de una dualidad equivalente en nuestras tierras. El ministro de Economía, Luis Caputo, vaticina que “la economía se llevará puesta a la política” y Milei se aferra a esa convicción.

Muchos se permiten dudar frente al pronóstico. Uno de ellos es Santiago Kovadloff, quizás el mayor intelectual de la Argentina de hoy, quien estuvo en Tucumán esta semana. Planteó que el Gobierno debería intentar reconciliar ética y eficacia, convivencia y contundencia.

Kovadloff dijo que no era optimista pero sí un hombre esperanzado. El optimismo y el pesimismo, finalmente, son variantes de la pasividad del fatalismo. Promover la esperanza implica impulsar un discernimiento de la complejidad de la realidad que se opone a una visión estática, dogmática. “Donde hay dogma solo puede reinar la ausencia de democracia”, concluyó Kovadloff.